Las declaraciones de la periodista Claudia Morales y la cantidad de reacciones que han desatado muestran que tanto las palabras y como los silencios nos hacen esclavos. En la sociedad enmascarada en que vivimos, parece más importante el trino de quien se cree experto para opinar sobre una violación, que el respeto por la palabra de una declarante que no está obligada a decir algo más de lo que ya dijo. Somos hijos de una época en la que la tecnología ha magnificado el acceso a la opinión, y por lo general se cree que la idea propia es la más adecuada, la válida, que se tiene la razón, sin importar si se habla de la experiencia propia o ajena. Entonces, el testimonio del otro es la excusa perfecta para salir a decirle cómo manejar las cosas o a reprocharle con ardor.

No solo le creo a Claudia, sino que reivindico su derecho a callar o hablar de lo que considere pertinente, y hasta ahí; sobre todo porque las palabras no siempre expresan las secuelas de los sucesos en el ser, aunque recurrentemente tengamos que apelar a ellas. No solo le creo a Claudia, sino que he tenido que atestiguar con dolor e impotencia agresiones verbales, físicas y psicológicas, contra algunas mujeres que me han acompañado en vida, y en otras pocas ocasiones, contra mí. Asimismo, he sido testigo del liderazgo y la osadía femenina, que día a día me inspira. Al respecto, ayer una periodista que admiro me dijo algo que no olvidaré: “La mujer es en gran parte una construcción del hombre”, frase que resume crudamente la infamia de la invisibilización de nuestro ser natural, a través de ciertos arquetipos que han tratado de imponernos, flagelos que silenciosamente fueron aceptados y ante los cuales hoy luchamos.

Como todo, algunas hemos tratado de huir del modelo patriarcal, encontrando sorpresas, como que aún existen mujeres más machistas que los mismos hombres; y que algunos hombres son aliados maravillosos, que están por encima del asunto del poder y reconocen nuestro ser natural más allá de sus afanes e imposiciones. Es que el asunto del género es de fina filigrana y difícil de expresar: el femenino se revela en algunos hombres, así como el masculino en algunas mujeres; más allá de sus orientaciones sexuales o su forma corporal.

Lo que Claudia Morales reveló ante el país es lo que quería y debía decir; y está de más si las cortes de gurús espirituales y sabios de Facebook y Twitter opinan que deba o no complementar la denuncia. Ella sabrá qué quiere decir y qué debe callar, o hasta cuándo debe callarlo. Finalmente, nadie se duele como uno por su ser, quizá la familia, pero no la opinión pública. A la opinión pública, a menudo, solo le interesa tener la razón. Suficiente tiene la víctima con unir fuerzas y los aprendizajes necesarios para superar lo que otro hizo sin autorización con su ser. Es que se nos ha olvidado que el silencio también habla, pero hay que saber leerlo.

El miedo que siente Claudia, lo hemos sentido todas; la pregunta de hablar o no, de qué decir, les ha abarcado a ustedes y a mí; quizás aún no tengamos respuestas al respecto. Así que antes de solicitarle respuestas a quien con dolor y valentía ha enfrentado una vulneración o una violación; exijámonos respuestas propias ante lo que la vida no ha sabido respondernos. O, mejor, preguntémonos qué se sentiría estar en la posición de ella, quizá ese acto ilumine algo de respeto por su declaración y, probablemente, baje la tendencia a especular con morbo sobre quién fue el autor del crimen en el que no estuvimos presentes. 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Espuma y nada más: una tensión incesante

Entrevista a Mike Patton