El café, elixir ritual y guarida centenaria


Se les encuentra en veredas lejanas, al lado de las iglesias, errantes en carreteras, en balcones célebres, en barrios exclusivos, al lado del mar, en la periferia. Algunos tienen ambientes exóticos, otros son la representación de las costumbres lugareñas; los hay temáticos, cantineros, coloniales, lujosos, lejanos, íntimos, inolvidables: los cafés constituyen un refugio para aquellos que disfrutan de esta centenaria bebida o simplemente la toman como pretexto para divagar.

El café más que una bebida es un ritual, que abarca, desde el cultivo de la semilla, su recolección, secado y tueste; hasta las mezclas, el servido y el acompañamiento que cada persona quiera darle a su experiencia. A veces se acude a una taza de tinto como fuente de inspiración; otras, por el mero placer de degustar y oler ese elixir amargo y oscuro del que han emergido no pocas obras de arte, ideas literarias y proyectos geniales. A quien alegue que en las tiendas de café no solo se vende café, se le concede razón, los tés, las tartas, las mezclas aromáticas y demás delicias, hacen parte del arsenal de acompañamientos que cada persona puede elegir para deleitar sus sentidos al visitar estas guaridas; sin embargo, estas líneas se remitirán en varios momentos a ese elemento que le ha dado nombre a este elemento que trasciende la taza.
Árbol de caféO. Dapper, Beschrijving van Asië, Amsterdam, 1680.

El género coffea, procedente de los bosques de Etiopía, abarca aproximadamente 6.000 especies y ha acompañado sucesos medulares de diversas civilizaciones en los últimos seiscientos años. Escritores como Ernesto Sábato, Honorato de Balzac, Manuel Mejía Vallejo, Teófilo Gautier, encontraron en esta bebida la inspiración para algunos pasajes de sus obras; y para los periodistas es el compañero infaltable, el líquido del que emergen las mejores ideas, “mi lucha por la existencia consiste en que a la hora del desayuno sea mucho más importante el aroma del café que las catástrofes que leo en el periódico abierto junto a las tostadas”, declaraba el periodista español Manuel Vicent.

A la luz de las narraciones históricas no se puede determinar una sola época de oro de los cafés, ya que en cada población del mundo se han tejido historias relacionados con la bebida y los espacios diseñados para tomarla; sin embargo, en la historia del arte abundan los registros de pinturas en las que se revela este escenario como tema principal. Terraza de Café por la Noche (1888) y Café de Noche en Arlés (18), de Vicent Van Gogh, constituyen testimonios certeros sobre el protagonismo que estos santuarios tuvieron para los pintores, escritores y filósofos que vivieron en París en épocas del impresionismo y el postimpresionismo. En una carta a Theo, Van Gogh declara su idea del café parisino: “es un sitio en el cual uno puede arruinarse, volverse loco o cometer un crimen” (Rewald, 1982, 172); estas palabras acaso fueron causadas por su observación de variopintos sucesos protagonizados por sus compañeros Paul Gauguin, Claude Monet y, como no, Henri Toulouse- Lautrec; que encontraban en la noche su momento preferido y en los cafés el escenario perfecto para vivirlas: “me pasé tres noches consecutivas pintando y durmiendo de día. A veces pienso que la noche tiene más vida y un colorido más rico que el día” (Ídem, 170), confesaba Van Gogh a su hermano  al relatarle la actividad nocturna de estos salones.

"Terraza de café por la noche", Van Gogh, 1888.

Los cafés fueron, además, salones de exposición de pintores célebres y en vida incomprendidos, el parisino Café Volpini, albergó los cuadros del grupo Impresionista y Sintetista al ser rechazados estos trabajos de otros salones (museos) exclusivos de la época; obras de Paul Serusier, Gastón Laval, Joseph Fauché y Émile Bernard, entre otras, estuvieron colgadas allí; al respecto el último afirmaría “un café es el mejor lugar del mundo para ver cuadros que deben examinarse y discutirse con tranquilidad” (Ibidem, 220); aunque a veces faltara el silencio en estos confluidos espacios, en los que, además, se daban riñas, juergas y en los que desfilaban los ciudadanos parisinos con sus mejores galas dándole continuidad al teatro del mundo que se consolidó en el Barroco y determinó en adelante los intereses y búsqueda humanas.

La llegada del café al continente americano estuvo íntimamente ligada al proceso de colonización y a la visión de unos cuantos europeos que pensaron que la semilla encontraría en estas tierras las más adecuadas para su crecimiento y así fue: se dice que el francés Gabriel Mathieu de Clieu, que gobernó a Guadalupe a partir de 1932 y hasta 1957, la ocultó de las altas cortes hasta llevarla a Martinica y que  en observación de las excelentes condiciones climáticas beneficiaban las plantaciones de café, fueron extendiéndose, cerca de 1740, por el sur de América, llegando a tierras de Brasil, Colombia y Guatemala, países que hoy están en el top de los productores mundiales.

El cultivo de café estuvo desde sus inicios asociado a los oficios de los esclavos, quienes fueron los encargados de abonar gran parte de las tierras brasileras para que prosperaran estos sembrados. Black Coffee, el estándar de jazz de Sonny Burke y Paul Francis Webster inspirado en otra pieza musical de la pianista Mary Lou Williams, condensa la eterna asociación de los negros con el café oscuro, con las faenas y labores rituales de los zambos que vivían en las plantaciones al cuidado de los sembrados, garantizando la prosperidad de la industria cafetera en América; de este himno al café se han desprendido cerca de treinta versiones, entre ellas las de Ella Fitzgerald, Peggy Lee y Martina Topley Bird. Es así como el amplio legado del blues y el jazz está lleno de canciones relacionadas con el café en todas sus presentaciones; Iggy Pop y Tom Waits protagonizaron uno de los diálogos sobre café más sugestivos en la película Coffee and Cigarrettes de Jim Jarmusch, y genios musicales como Fats Waller, Mike Patton, R.L. Burnside declaran su amor a esta bebida en canciones sobre la cafeína y sus efectos.

Antioquia, paraíso cafetero

Pocillo de tinto tradicional en Antioquia y Caldas
La buena conversación, ese escaso patrimonio que nos permite generar conexiones basadas en afinidades o diferencias, y que propicia el acercamiento a la experiencia ajena o personal desde múltiples esferas, encuentra en los cafés ese escenario perfecto para darse. En el caso de Colombia, que cuenta con eje cafetero propio, por sus rutas el viajero descubre con encanto sugestivos santuarios que se convierten en refugios para leer, conversar o pasar horas conociendo más sobre la cultura y tradición de la que somos parte. En cada pueblo aparecen en los parques, algunos sofisticados y otros de vieja data, y todos testigos del devenir de sus regiones; en algunos ofrecen mocas, vieneses, achocolatados en vasos de formas contemporáneas; en otros te interpelan ofreciendo el tinto tradicional en vajilla de la abuela con tres florecitas pintorescas; es ese quizá el más encantador testimonio de lo que somos como cultura y parte del patrimonio que nuestros ancestros campesinos depositaron en nuestro adn a prueba de tiempo. Por el norte, el oriente, el occidente, el suroeste: cualquiera que sea el costado que se recorra Antioquia, por ese se encontrarán paraísos o escondites para deleitarse con un tinto.

Victoriana Café (Sonsón), Un Café (La Ceja), Bio Café (Ciudad Bolívar), Café Canelo (Santa Fe de Antioquia), La Taza (Medellín), El Arabesky (Yarumal), De los Andes (Jardín), Kuminí (Santa Elena), Zeppelin (Medellín), República del Café El Saturia (Jericó), Nueve Trescuartos (Envigado), Macanas (Jardín y Medellín), por mencionar algunos de los más representativos, aparecen como espacios en los que además de vender la bebida, el catador puede indagar sobre el orígen del café que se está tomando y sobre la historia del lugar en el que está sentado.

Pero el café, además de su cultivo, preparación y presentación, es también la historia que está por escribir, porque en cada persona evoca diferentes sensaciones y a él se acude por variadas razones. En cada guarida cafetera se van filtrando las historias de los lugareños y de los visitantes de otros lugares que llegan ávidos de bebidas energizantes, de conversación o de recogimiento. Esta historia continuará.

Café Macanas, en Jardín, Antioquia. Fotografía: David Pineda Vargas.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Espuma y nada más: una tensión incesante

Entrevista a Mike Patton