El gitano que se nos voló del cuento

Por: Natalia Piedrahita Tamayo

Conocí a Farley Velásquez conversando sobre rock en el Teatro La Hora 25, hace once años. Había ido con una amiga a ver The New Gangsters B.F.A., en ese entonces yo cursaba segundo semestre de periodismo y aún no sabía quién era ese corsario que se sentó a nuestro lado. Mientras yo tarareaba una canción que sonaba en el bar del teatro, comenzó a hablarnos de su gusto por Deep Purple. Si alguien me habla actualmente de esa banda, simplemente le escucho; pero en esa época representaba para mí algo más, una conexión espiritual, y con él fue el sentimiento de cercanía que nos deja saber que el otro entiende, en una canción o un sonido, algo que llevamos prendido en el alma.

Desde ese entonces, coincidimos frecuentemente. A veces como vecinos que siempre fuimos, a veces en EAFIT, en un par de ocasiones en festivales de teatro en Bogotá y alguna vez en la Alma Máter. Pero fue entre los años 2007 y 2010 que más veces hablamos, en una franja de ese tiempo yo trabajé en la sección cultural del Noticiero Telemedellín y le entrevistaba cada vez que tenía obras en temporada, además, hubo una suerte de contacto entre él y el padre de mi hija, quien le hizo algunos trabajos de diseño a su teatro, y por eso, siempre nos veíamos.

Farley siempre tenía una banda sonora incorporada: en el ritmo de sus palabras, en el tono de su voz, en su presencia gitana que le convertía en el ser sugestivo y místico, al que tuve la fortuna de conocer un poco. 

Admiré y admiraré su profunda pasión por el teatro, pero por encima de todo, me fascinaba su sinceridad exagerada, la osadía con la que discutía, su  falta de miedo. Varias veces lo vi pelear y alegar, disgustado con las políticas culturales de nuestro país, también lo vi ilusionado: me hablaba constantemente sobre la idea de hacer varios montajes en los que el amor fuera la base de las interpretaciones, porque sentía que ya le había dedicado suficiente tiempo a escudriñar en las tragedias clásicas los motivos del humano para repetirse en su malestares y dolores, generación tras generación.

Un día me presentó a su amada Fanny Mickey, como antesala a una entrevista que les hice por la primera presentación en Medellín de la obra “Perfume de Arrabal y Tango”. No pude pensar más que en un hombre enamorado a la manera de muchos personajes literarios clásicos: le brillaban los ojos mientras veía a Fanny acariciando a sus muñecas crespas, no miraba a nadie que no fuera a ella para hablar ante un auditorio lleno. 

Le conservaré en mi mente como un ser de extremos: revolucionario, intrépido, de amores intensos y luchas incansables, capaz de morir y revivir en cada uno de los caracteres que encarnaba. Siempre tuvo la misma edad, irradiaba juventud y desacuerdo, pero, al mismo tiempo, su aura era la de un capitán que venía de otras épocas, invocando antepasados y contrastándolos con seres que sucumbieron ante el dolor, la maldad y la injusticia de una Medellín violenta y de doble moral. 

De todas sus encarnaciones, él mismo Farley parecía la más particular: un gitano con carcajadas sonoras y un acento único (confieso que me obsesioné con el encanto con que pronunciaba la palabra “divertimento”), con los ojos casi negros y la mirada indescifrable. Era casa de todos los personajes imaginables, luego los dejaba salir sobre las tablas; era el canal utilizado por todos ellos para crear diálogos y darles salida. 

La última vez que le vi me preguntó por mi madre, estaba más vivo que todos los demás vivientes, con las palabras aceleradas y la mirada incendiada. Estoy segura de que la parca no estaba cerca en ese entonces, luego sería rápida y tajante; supongo que a un espíritu libre se le debe tomar por sorpresa, pero es sólo una divagación mía sobre lógicas que no entiendo. Lo que prefiero intuir, desde esta orilla, es que ese espíritu gitano quería volarse de este cuento, en busca de otros escenarios sin forma ni tiempo.

Yo no me repongo ante la idea de pasar por el Teatro y no verle. He escuchado varias canciones en su honor. Sé que me lee más ampliamente desde otras moradas que desconozco y en las que algún día le visitaré cuando ya no esté aquí.

Se agotaron las palabras, me quedan canciones y más canciones

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